Luis CABALLERO

Publicado

“In memoriam” 1943 – 1995

 

Galería 2do Piso
Septiembre 29 a Octubre 30 de 2015
 

Galería El Museo rinde homenaje al maestro Luis Caballero, en la conmemoración de los veinte años de su fallecimiento, con la exposición In Memoriam 1943 – 1995. En esta muestra retrospectiva se recogen 40 obras, que recorren el trabajo del maestro desde sus inicios hasta la década de los noventa, donde el cuerpo humano fue fuente de emociones y sentimientos, que se desenvuelve entre la religión, el erotismo y la violencia.

 
Su trabajo, dominado por la magnitud de la desnudez, insistía en la pintura figurativa a través del gesto apasionado. Para Caballero, el momento reflexivo sobre la anatomía era de gozo y deseo, estudiaba la pose, acariciaba los ángulos, en una perpetua exploración para crear una imagen sagrada. La ambigüedad exaltada en su obra conmueve y confronta al público todo el tiempo, llevándolo de la mano a entender ese estado de gracia único en el que Caballero creo su obra.

 
En los años sesenta Caballero se instaló en Paris donde se enfoco en un estudio figurativo y tuvo su primera exposición. Su obra para ese momento, reflejaba las influencias del trabajo de artistas como Francis Bacon, William Kooning y Jean Dubuffet donde usaba la reiteración de la figura, el sentido de lo erótico, la paleta del pop art. En 1968 Caballero pinta el políptico La Cámara del Amor, para la Bienal de Coltejer, siendo este el evento de las artes plásticas más importante en Latinoamérica para ese entonces. Caballero buscaba crear un espacio donde el público se adentrara en la obra y fuera tocado. Las figuras de Caballero reflejaban una necesidad de unión y desgarro, que se contraponía a las corrientes de abstracción que se daban por esa época.

 
Para la década de los setenta Caballero se concentra en el desnudo masculino. El arte religioso, enluto y negó el placer para propagar el sufrimiento por medio del cuerpo, y esto se vuelve un vocabulario en el que Caballero encontró la fascinación por el erotismo y el manierismo, como si fuera, no un artista contemporáneo, sino uno del siglo XVI. La exageración en la confrontación y la relación de los cuerpos se convirtió en el escenario donde la obra de Caballero se construyó.
Ya en los años ochenta Caballero consolida el lenguaje en el que se desarrolla su obra. La pintura se convierte en la creación de una imagen sagrada, donde la violencia y la religión se establecen como ejes de referencia, y el dolor y el placer se contraponen continuamente como una fascinación que lo perseguía desde niño y encuentra el descanso en el poder del trazo. En los años noventa predomino el trabajo en oleo donde la mancha, enmarca los volúmenes, y la capacidad técnica había llegado a su máximo esplendor.

 
Caballero se introdujo en una búsqueda creativa de esa gran obra maestra que fuera ineludible tanto para él, como el espectador: “Un cuadro en el cual “quepa” físicamente todo lo que siempre he pintado: el hombre solo, vivo, muerto, sufriendo, amando, a la vez bello y terrible, y en su relación con otros hombres, de deseo, o de compasión; y también, mis sentimientos: adoración ante la belleza y la fuerza, y ante la fuerza caída”. Caballero creó una misma imagen que alude sus realidades pictóricas, y por lo tanto conforma un gran legado, que cumplidos los veinte años de su prematura desaparición, es sin duda la gran obra que tanto buscaba, hoy en día esencial en la historia del arte contemporáneo nacional e internacional.

 

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