José Horacio MARTÍNEZ

Publicado

“Travesias”

 

Galería 1er Piso
Noviembre 5 al 28 de 2015
 

TEXTO OSCAR ROLDAN-ALZATE

Como cartas de navegación para un viaje ad portas de zarpar, uno que promete llevarnos a dominios inhóspitos, la pintura de José Horacio Martínez nos involucra en su espacialidad tan prematuramente que cuesta dejar de observarla, de habitarla una vez nos enfrentamos a ellas. Un solo vistazo basta para entrar. No así para salir.

 
Continentes, islas, océanos, montes, desiertos, selvas, colinas, ríos, lagos, cascadas, cañones, mesetas, nevados, cordilleras, playas, litorales e istmos aparecen y se desvanecen tan rápidamente que no resulta claro que estén ahí. Un parpadeo deja fuera de foco el relato que venía trascurriendo. Cuesta mantener la atención para seguir la ruta, si es que existe alguna.

 
Entre esas formas se dibujan vías, caminos, senderos y travesías que sirven de guía a la mirada que se torna esquiva. Es inútil buscar un alto en el camino: una vez se ha ingresado, estos mapas comienzan habitar dentro de uno, toman posesión de nuestros sentidos y nos llevan a pensar distinto, con una lógica que trata de descifrar el gran misterio que allí se esconde. Al cabo de un rato se termina por entender que es otro tiempo, otro espacio y reconforta saberlo.

 
Estas pinturas no cesan de construirse, parecen no tener una última capa de fijador que permita que se dejen de mover, ese es su secreto. Así mismo, las referencias que emergen y se van dejando atrapar por la mirada, recrean incesantemente la relación entre logos y mythos. Apariciones continuas hablan desde su integridad simbólica y no dejan de relacionarse azarosamente con la geografía que habitan y con los otros accidentes o figuras que emergen desde abajo, atrás o arriba. De igual manera, la superficie es banda, orgánica y recrea un sistema fractal que no deja claridad sobre las coordenadas usadas en su diseño. En suma se trata de una travesía sobre una cinta de moebius que atrapa con la fuerza del color, la trama del dibujo posible y la sensatez de una pintura nueva, distinta y necesaria.

 
Mancha pura y azarosa, intervención grafica eficaz, estampados de sellos y yuxtaposición cromática entre tintas y colores desafían la pintura desde sus postulados canónicos para llegar a formas y conceptos unidos a través del mismo frente: la sublime manifestación atemporal implícita en la noción del viajar.

 
En esta muestra cada tela es un mundo, la sumatoria un universo. Con solo un poco de pericia e imaginación se puede entrar en uno y salir de otro; y así, saltar entre ellos con la certeza de que algo de adentro se vino con nosotros. Difícilmente se puede ser el mismo después de traspasar y transitar este cosmos.

 
Oscar Roldán-Alzate
Director Extensión Cultural Universidad de Antioquia

TEXTO FERNANDO GOMEZ

 

José Horacio Martínez es un artista con una cultura vasta y aparentemente inagotable.

 

Hace muchos años que conozco a José Horacio Martínez; siempre me ha parecido un pintor gigante, desbordado y exagerado, un pintor de oficio y de otra época: una época en la que los grandes maestros peleaban con sus lienzos a golpes y salían empapados de sudor y sangre de sus estudios.

 
Es un artista con una cultura vasta y aparentemente inagotable –puede hablar horas y horas de pintura y recitar las biografías de los artistas que lo apasionan–. He visto grandes obras suyas. Tengo cierta debilidad por sus “aplausos” y por algunos cuadros de esa época.

 
Siempre lo he visto como un pintor serio y honesto y como un buen amigo, pero la obra que presentó hace unos días en la Galería El Museo es de otra dimensión. José Horacio –creo– entró en las grandes ligas. El público, por su parte, dio su veredicto: vendió prácticamente toda la muestra.

 
Y la muestra es apabullante. Hay cuadros que cubren paredes enteras y ejercen un magnetismo imposible de resistir. El espectador termina sumergido en su exuberancia, en colores que parecen inventados por él y que no tienen nombre propio: naranjas atómicos, verdes que parecen sacados de una planta nuclear; un rosa Tiepolo manchado de rojo y azul y verde aguamarina; rojo sangre y un morado tan brillante que no tiene ninguna familiaridad con la uva.

 
Y en esa explosión de color aparecen detalles diminutos, detalles que hay que perseguir con una lupa y que le dan una riqueza inesperada a cada cuadro: canoas, osos de anteojos, palmas africanas. El sello de un líder indígena desconocido. Y José Horacio tiene una respuesta para todo.

 
En su obra no solo hay pintura y trazos salvajes: el acrílico se puede sentir, se puede tocar, pero la obra también tiene la delicadeza del dibujo. Y esa ha sido su marca desde el comienzo de su carrera.

 
José Horacio exige que sus cuadros se tengan que ver de lejos y que también haya que clavar los ojos –con el desespero de un miope– en un detalle mínimo; por eso, en medio de una pintura de tres por tres hay un personaje que ni siquiera mide dos centímetros; por eso sus cuadros pueden verse como paisajes descomunales vistos desde el cielo o como una cartografía particular del Pacífico colombiano. Hay que verla.

 
FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
Columnista de arte

 

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