FREDY ALZATE
NEGRO HUMO
MAYO 9 AL 6 DE JUNIO | 2026
Hay un momento en la historia de cualquier material en que deja de ser útil y empieza a ser elocuente. Un neumático en servicio cumple una función, se desgasta y se reemplaza. Un neumático descartado es otra cosa: conserva la forma de lo que fue —la espiral del acero, el dibujo de la banda de rodamiento—, pero ya no sirve para nada. Se ha convertido en pura materia.
Así, en varias de estas propuestas, el uso de fragmentos de caucho recuperado de maquinaria pesada de la mina de Cerrejón muestra cómo el carbón no actúa como un simple residuo, sino como un agente que ha grabado la materia, inscribiendo físicamente en el neumático la memoria de un paisaje agotado por el extractivismo. Este caucho, reconfigurado, adquiere una condición de suavidad encubierta: un estado de irresolución en el que lo técnico y lo orgánico se confunden en una biopolítica del desgaste.
Las piezas que componen esta exposición están hechas de esa materia sobrante: fragmentos de llantas en desuso, neopreno, repuestos automotrices y resina pigmentada con negro de humo —carbono puro, el pigmento más antiguo de la humanidad y, al mismo tiempo, el aditivo que da a cada neumático del mundo su color negro y su resistencia—. Mediante procesos de corte, talla y moldeado, Fredy Alzate transforma estos residuos en formas que remiten al registro fósil: espirales que evocan amonites, columnas que recuerdan organismos marinos, superficies corrugadas que podrían pertenecer tanto a un animal extinto hace 66 millones de años como a una pieza de automóvil fabricada la semana pasada.
La semejanza no es inventada: es descubierta. La obra de Alzate se limita a señalarla. Lo que está en juego no es la similitud entre dos superficies, sino una pregunta sobre el tiempo. Niklas Luhmann escribió que “casi todas las culturas que han determinado la vida humana han desaparecido” y que el sentido que tuvieron para quienes vivieron en ellas se ha vuelto opaco, apenas accesible a través de “ficciones altamente artificiales”. Solo nos es posible, advertía el sociólogo alemán, “una relación cuasiturística con esas culturas pasadas». A la nuestra —a todo lo que hoy nos parece obvio— le ocurrirá lo mismo.
Estas esculturas toman esa certeza como punto de partida. Son los especímenes de un museo de historia natural que aún no tiene visitantes, clasificados por una ciencia que todavía no ha sido escrita, dentro de un relato que carece de personajes. No hay nadie al otro lado. Solo quedan los objetos y la posibilidad de su lectura —o de su malentendido, como cuando los europeos medievales encontraban fósiles de cefalópodos y los llamaban piedras de rayo—.
La exposición no denuncia ni moraliza. Produce, con la calma del naturalista que ordena una colección, la evidencia material de una era cuyos restos durarán más que sus creadores. Mirar estas piezas es descubrir que lo que quedará de nosotros no serán nuestras ideas ni nuestras instituciones, sino un estrato de caucho y carbono en la corteza de un planeta que seguirá girando, indiferente, miles de millones de años después de que hayamos dejado de habitarlo.
Fredy Alzate
OBRAS
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