SEBASTIÁN CAMACHO
Dispongámonos frente a la soledad de un sujeto. En esta ocasión alguno que no tiene ni rostro ni tronco, pero presenta una corporalidad fragmentada, casi genérica, y se encuentra sentada sobre un sillón de estampado victoriano exuberante, mientras de fondo nos encontramos con una ventana abierta donde se construye un espacio, que nos acorta esa habitación o nos invita a fugarnos al infinito.
¿Habla entonces la pintura de un límite?, ¿cuál en particular?, ¿de aquel que se dispone para ser retratado y que, como un gesto cultural, le plantea una afrenta directa a la muerte, y así permanecer en el mundo de la mortalidad aletargada que brindan las imágenes?, o tal vez sea esta la ocasión que tenemos para poder encarnar, en ese único cuerpo que vemos, los recuerdos de otros cuerpos que hemos habitado, quizás solamente con la mirada, para así poseerlos de alguna manera indiscreta.
Es seguro que lo que tenemos aquí delante de nosotros es una expresión de cuerpos en extrema fragilidad. El simple hecho de situarse frente a nosotros para dejarse ver, exponiendo de alguna manera diferentes capas de una piel (natural o industrial) que reviste, recubre y recompone la forma que nos es reconocible, y que a fin de cuentas es aquello que nos brinda en parte ese rasgo de identidad. Es lo que parece palpitar en un grito primitivo del querer ser tocados y tocar, de exponerse para sentir, de abrirse completamente para dar y recibir, tanto del embriagante satinado como de lo angularmente afilado; pulsiones naturales de un cuerpo que posiblemente ha sido domesticado.
La obra de Sebastián Camacho (Bogotá, 1982) nos invita en esta oportunidad a detenernos y construir una mirada pausada. Desde elementos y enunciaciones aparentemente sencillas, sus obras se nos presentan en una tensión discursiva y clara del binomio espacial lleno-vacío, donde gracias a objetos sencillos y cotidianos, y a las disposiciones de los cuerpos humanos -en angustiante calma- sobre fondos monocromáticos, comenzamos a tejer las posibles relaciones que en ellos pudiesen existir.
¿Qué de particular tienen los elementos que encontramos en relación con los sujetos?, ¿acaso ellos develan la capacidad que tienen en sí mismos para cuidar o contener el desborde de lo cotidiano? o ¿no serán demasiado frágiles para concederles dicha responsabilidad y confiar en que cumplirán plenamente su tarea?
JAIME GAMBOA