GABRIEL SILVA

CONEJO BLANCO

JUNIO 11 AL 18 DE JULIO |  2026

Entre tantas interpretaciones que puede tener el conejo de Alicia en el país de las maravillas, Gabriel Silva (Bogotá, 1955) asume al personaje creado por el matemático británico Lewis Carroll como la curiosidad por lo desconocido, una guía que inicia la aventura de la protagonista y que, de alguna manera, ha determinado el desarrollo de su producción artística. Según Silva, el 70 por ciento de sus procesos se gestan en lo irracional y lo intuitivo.

Al trabajar en continuo, sus temáticas han ido evolucionando de forma lenta y a la vez concreta. A través del tiempo ha creado un acervo de imágenes que su inconsciente aflora en la superficie y que va disponiendo en el paisaje de la misma manera en la que de niño componía el pesebre de cada Navidad. Todos los años su padre desocupaba una habitación de la casa y acostaba los muebles para representar la geografía de aquel portal de Belén, donde Gabriel ubicaba cisnes, pastores y ovejas que revisaba desde lejos para asegurarse de que la escala entre nubes, lagos, montañas y figuras fuera la adecuada.

Aunque creció en un hogar católico, sin comulgar con alguna religión, continúa en una búsqueda espiritual que nunca ha dejado de manifestar en su pintura. “Mientras esté vivo busco cómo logro darle significado al día a día y a los momentos difíciles. Algo que trascienda, y pueda que no lo encuentre nunca, pero es la razón por la cual durante los últimos 40 años voy con ilusión a pintar todos los días a mi estudio”, apunta el artista.

Sus imágenes evocan algo de la iconografía religiosa, los altares, las ceremonias y la manera en la que se representan los santos, mientras que los planos revelan al ávido cinéfilo que comenzó a alimentar desde joven, cuando vivía en París. Hoy repite las películas de Paolo Sorrentino, el napolitano que captó la esencia del séptimo arte italiano de los años setenta, con toda la estética de Visconti y de Antonioni.

Antes de convertirse en pintor, Silva se dedicó a la fotografía, y el teleobjetivo fue su herramienta básica para crear las imágenes que vendía a las agencias que imprimían postales. El lente le educó el ojo y conservó la mirada desde lejos, que se manifiesta en las perspectivas de los lugares oníricos que nacen de la intuición, pero que dibuja con la razón. Finalmente, la pintura es un oficio artesanal que cada vez se hace más diestro, pero, en el caso de Silva, el fondo continúa siendo una constante búsqueda espiritual.