ÁLVARO BARRIOS
En 1980, Álvaro Barrios exhibió, por primera vez, un conjunto de obras dedicadas a Marcel Duchamp. Lejos de parecer una exposición individual, este proyecto suyo -en la galería Garcés Velásquez de Bogotá- controvertía el tradicional concepto de estilo y simulaba una muestra colectiva en la que varios artistas abordaban el tema Duchamp. En ella no se hacía propiamente una apología. Era más bien una especie de monólogo en el que Duchamp era un punto de apoyo para expresar, anticipadamente, algunos cuestionamientos a la forma de pensar el arte en Colombia hace casi cuatro décadas.
En su etapa de artista moderno a mediados del siglo pasado, Álvaro Barrios fue reconocido, básicamente, como un dibujante. Pero Barrios se adelantó, en nuestro país, a los cambios que paulatinamente experimentarían las artes plásticas en un medio más bien conservador. Cuando las técnicas dejaron de ser significativas y el ejercicio de la crítica sufrió transformaciones radicales, Barrios optó tempranamente por centrar su discurso en re-definiciones personales de asuntos como la Teoría y la Historia del Arte, la crítica, la curaduría, el coleccionismo y todo lo que se desarrolla banalmente alrededor de lo que él considera como “el único momento puro del arte: el momento de la creación”.
En esta exposición, emblematizada por una obra en la que una orquesta de focas amaestradas hace malabarismos con piezas clásicas de Duchamp, el título “circo” pareciera comenzar y terminar en ella. Aislada temáticamente y haciendo gala del prestigio de Barrios como “delicioso colorista” –calificativo que se le adjudicó alguna vez en la prensa- y empleando un medio convencional como la pintura, la muestra de Barrios continúa con piezas bicolores tomadas de la tira cómica “Terry y los Piratas”. Las víctimas de su sofisticada ironía parecen traídas de los años 40 en una implacable Máquina del Tiempo, pero los problemas que aborda están anclados en el decadente presente que legitiman las Bienales, las casas de subastas, las poderosas galerías internacionales, las socialité de todos los tiempos y un interminable etcétera. “El Museo Duchamp del Arte Malo”, creado por Barrios hace 35 años, se anima entonces a realizar un –aparentemente- descabellado proyecto: En medio del circo en el que no faltan payasos, hombres-bala, enanos, mujeres barbudas, encantadores de serpientes y trapecistas, unas anacrónicas cartas intentan llegar a unos destinatarios muy bien posicionados en el mundo del arte contemporáneo. Se les solicitará una juiciosa lista de obras de arte “malas” pertenecientes a algunas de las más prestigiosas colecciones del mundo, porque, como decía Barrios en su transición de lo moderno a lo contemporáneo, “las obras de arte muy malas son muy buenas”.
ELÍAS DORIA