Edwin MONSALVE

Publicado

«La imposibilidad del paisaje»

 

Galería 2do Piso
Noviembre 5 al 28 de 2015
 

En algún momento de la prehistoria, el globo terráqueo se vio cubierto por una capa espesa de humo y ceniza. Dice la teoría evolutiva que un agente externo, uno que llego de afuera de este mundo, coinvirtió el planeta azul en lo que hoy conocemos, dejando atrás bestias de enorme tamaño, y una vegetación diferente, de gigantescos helechos, que al igual que esos animales colosales, con el tiempo, se convirtieron en depósitos de energía fósil que desde hace más de un siglo alimentan el avance de la humanidad hacia un lugar que ni ella misma conoce.

 
Para su extracción, la industria y la tecnología del petróleo palabra que proviene del griego “aceite de piedra”, como se ha denominado esta sustancia oscura, más ligera que el agua y de propiedades excepcionales ha llegado a limites inusitados. Exploraciones en las selvas, los desiertos, y todo tiempo de geografías terrestres y marinas dan paso a explotaciones sistemáticas que, bajo el modelo económico mundial, dan sostenibilidad a una balanza extremadamente sensible a los cambios y las tendencias del mercado contemporáneo.

 
Al igual que el mercado, el paisaje es una construcción humana. Sea simbólica o artificialmente estamos domesticando el orbe para verlo, contemplarlo como dominio, como escenario de la vida de los hombres. Sin embargo, la gran paradoja inscrita en el avance de esta dinámica, es la imposibilidad misma de un paisaje que se reúsa a ser lo que se planea de él, demostrando una y otra vez que es su propio dueño, que no se llama paisaje siquiera, y que nosotros, la raza humana, somos solo unos más de los tantos que habitamos en él, realidad que nos resistimos a entender.

 
Esta exposición despliega una metáfora de los opuestos. Agua y aceite se encuentran, no con el afán de mezclarse, más bien con el ánimo de recordar que no se pueden ni deben fusionar. Plataformas petroleras son presa de asalto de partes del paisaje. Témpanos gigantes de agua, congelada justo cuando el meteorito citado cambió el planeta, abandonan el polo para ir a la caza de construcciones monumentales que parecen armazones de papel en su camino. Las colisiones con encuentros catastróficos que juntan tiempos irreconciliables. Una delgada capa negra, esta vez de la savia de la tierra, que es la misma sustancia de esos seres de otro tiempo, dueños por mucho de este globo, se derrama sobre el azul profundo del océano. La vida en vilo, la imposibilidad del paisaje se manifiesta con toda su fuerza. Aquí es donde Edwin Monsalve desdobla su inquietud, y proyecta su investigación. En esta operación se ha invertido la formula: este trabajo nos deja ver como un iceberg flota sobre un mar de crudo.

 
Oscar Roldán-Alzate
Director Extensión Cultural Universidad de Antioquia

 

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