María Cristina CÓRTES

Publicado

«Desmadre»

 

Galería 2do Piso
Abril 14 a Mayo 13 de 2016


Desde los inicios de su trabajo, María Cristina Cortés ha tratado el tema del paisaje y de un tiempo atrás ha abordado la destrucción de la naturaleza a manos del hombre. Ya en Chambas (1998 – 2001), se veían en sus pinturas objetos flotando en aguas a veces turbias y contaminadas. En trabajos más recientes como Rastrojal (2008) y Quebrantos (2010), han aparecido chamizos secos y troncos calcinados.

 
Algo que ha caracterizado a su trabajo es una experimentación constante, tanto en los ángulos que adopta para mirar y componer, como en los recursos técnicos que utiliza que la han llevado al collage y a la inserción del blanco y negro, donde antes prevalecía el color. Por esos cambios, cuando me dirigía a su taller para escribir esta nota, no sabía con qué clase de paisaje me iba a encontrar.

 
Al entrar a su estudio, me vi rodeada de un fuego crepitante. Sobre las paredes, poderosas imágenes de un incendio forestal me remitieron tanto a Turner, como al bosque nativo que hace poco ardió durante tres días, mientras una fina ceniza cubría el sur de Bogotá. La causa, un verano prolongado, sumado, según comentó la prensa, a la acción de un par de pirómanos, no sé si identificados.

 
Al pasar a la sala contigua, el cambio fue abrupto. Si antes literalmente hasta sentí calor, ahora sentía frío. A cambio del crepitar de las llamas, me vi sumergida en un paisaje silencioso, frío y quieto. Sobre las paredes, pinturas de vastas extensiones de agua detenida de las que emergen tejados, fragmentos de cuidad y de follaje. En ellas prevalece una especie de acallamiento de la vida, mientras en las anteriores la destrucción avanza con extrema vitalidad, prometiendo devorarlo todo.
Al salir de su taller se desgajó un aguacero torrencial que en poco tiempo inundó la vía y paralizó el tráfico. Allí me quedé detenida por cerca de dos horas contemplando las ráfagas que no cesaban. Entre tanto reflexioné sobre el poder del fuego, en la devastadora acción del agua y en la pertinencia de las pinturas que acababa de ver que llevan por título: DESMADRE. Desmadrado, dice el diccionario es aquel que ha sido abandonado por la madre. Desmadre, lo que se salió de madre, un río que se salió de cauce. También significa pérdida del control.

 
Si bien el tema de esta nueva exposición es el desmadre de la naturaleza que hoy estamos padeciendo, su obra atestigua el control, el conocimiento de un oficio que se ha ejercido a través de una búsqueda constante que siempre me ha remitido a distintos momentos de la historia del arte, al gusto por las superficies pictóricas. Sus fuegos, a veces tan realistas, otras veces casi abstractos, dan cuenta del dominio del pastel, al que frecuentemente ha recurrido desde sus primeras obras que a partir de entonces, han celebrado la luz de la sabana. Los lienzos están intervenidos con métodos de impresión y tal vez la fuerza avasallante que emana de ellos se deba a que la base de la tela es negra, de ella se desprende el naranja de las llamas y los grises del humo. En las inundaciones es posible recordar las chambas, pero ya no flotan objetos, ni palos, ni cajas. Ahora bajo el agua, o bajo capas de óleo, inermes y pequeñas, se ven las construcciones de los humanos, sus casas y ciudades. El hombre se minimiza, se torna frágil ante la potencia avasallante de la naturaleza que con su acción irresponsable, con su ansia de poder y de dominio, ha desmadrado.

 
Pero ante todo, entre el fuego y el agua, entre el óleo y el pastel, lo que se afianza es la buena pintura.

 

Marta Rodríguez

 

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