A su llegada a Colombia se radica en Buenaventura, donde su producción exalta la selva tropical y las comunidades afrodesendientes que habitan en la zona, mediante el uso de técnicas del color. Tiempo después, se muda a Bogotá donde se consolida como uno de los pintores más influyentes del arte abstracto. Desde entonces, sus piezas artísticas representan sensaciones, emociones y pensamientos, expresados mediante formas, colores y usos de la luz, además de algunas figuras geométricas.
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La presencia de un pintor alemán en la rudimentaria Buenaventura de mediados del siglo pasado, debía ser tan llamativa como sospechosa. El artista se llamaba Guillermo Wiedemann y había llegado a Colombia en 1939, tras esquivar la más mortífera de las guerras humanas. Las excursiones desde Cali hasta el Pacífico colombiano quedaron plasmadas en óleos y acuarelas, donde se mezclan la exuberancia del trópico con señas claras del expresionismo que trajo incorporado desde su Múnich natal. En una carta fechada en 1951, le cuenta a Christina, su esposa, que en la ciudad portuaria se encuentra en los cafés con “gente formidable. Gángsters y locos”. Y describe un ambiente “insoportablemente caliente y tan húmedo, que es como si tuviera plomos en las piernas…”.
Desde hace un par de décadas no se publicaba nada sobre uno de los precursores del arte abstracto en Colombia. Davivienda emprendió hace cinco años la tarea de revitalizar la obra pictórica del artista muniqués a través de un libro a cargo de Ediciones Gamma. Incluye, además, un cuaderno de bocetos, cartas y dibujos que el maestro llevaba en sus travesías por el Magdalena y el Pacífico y que hasta ahora habían sido poco difundidos al público. En esos bosquejos se aprecia el dominio técnico de Wiedemann. Lo cuenta María Elvira Iriarte, doctora en Historia del Arte y colaboradora fundamental en este libro: “Pintar al aire libre en las condiciones lluviosas, húmedas, del Chocó, por citar un ejemplo, y lograr lo que logró con esas acuarelas, me parece asombroso”, señala la académica bogotana.
El artista nace en Múnich en 1905 en una familia de industriales. Sus años de formación están marcados por las entrañas de una ciudad culta, donde a las galerías se sumaban los numerosos museos y cafés que reverberaban con artistas e intelectuales. En ese contexto, previo a la Primera Guerra Mundial, surgen distintos grupos que dan vida a una corriente que marcaría su obra: el expresionismo figurativo alemán. Un mundo que en palabras de María Elvira Iriarte se expresaba de forma bastante agresiva: “No solo en Alemania. En Francia tenemos al mismo tiempo un equivalente en el fauvismo, que en español traduce algo parecido a fiereza”. No solo en el arte. En el cine, por citar un ejemplo, fue Fritz Lang con su película Metrópolis (1927) quien dejó, probablemente, la obra más influyente. En pintura se caracterizó por los colores violentos como zarpazos y sus temáticas recurrentemente amargas. Wiedemann asistió a finales de los veinte a la Academiade Múnich, donde cultivó precisamente una gran sabiduría en el manejo del color y un respeto irreductible por su oficio. En 1933 sube al poder Adolfo Hitler y la persecución al etiquetado “arte degenerado” o manifestaciones de vanguardia que no encajaran dentro del catálogo oficial, lo obligaron a contemplar la partida de Alemania.
El muniqués de 34 años desembarcó en Barranquilla a finales de los treinta y se nacionalizó colombiano en 1946. Dicen que aprendió a hablar un buen español, pero nunca se zafó de las “r” reteñidas de su alemán materno. También hablabacon cierta solvencia francés e inglés. En Bogotá trabó amistad con inmigrantes de toda Europa que encontraron un refugio en el páramo. Desde el galerista e historiador polaco Casimiro Eiger, pasando por los Ungar de la Librería Central, hasta su compatriota el también librero Karl Buchholz. Los primeros avisos de su presencia en el país los dio con alguna exposición en la Biblioteca Nacional. Afirma María Elvira Iriarte que en esos tiempos se dedicó como un “antropólogo, más que como un etnógrafo” a recorrer las selvas y ríos del país. Pintó y conoció a sus pobladores de cerca. Pero, como dice la académica, lo hizo “sin un espíritu colonialista ni crítico. Una cosa rara en un europeo culto de esa época”. El trópico le resultaba un mundo completamente nuevo. Y ajeno. A diferencia de Matisse, o Paul Klee, nunca había viajado por Marruecos o Túnez, donde tantos pintores quedaron prendados por la luz y las escenas exóticas del borde sur del Mediterráneo.
Los primeros años cincuenta dan paso a un trabajo más íntimo. Sobrio, si se quiere. Apela a tonalidades más oscuras, densas. Todavía hay escenas selváticas, perotambién algunos espacios interiores. Y emerge una nueva técnica en su pintura al óleo: el esgrafiado. Un método de pintura a partir de dos capas o colores superpuestos. Al raspar el lienzo con el cabo del pincel, u otra herramienta que no lo rompa ni lo raye, se revelan nuevas formas, pintas o matices. María Elvira Iriarte añade: “Es un sistema gráfico que le permite al artista trabajar sobre el color”. Estos trabajos representan las primeras señas de que nuevas soluciones se cocinaban en su mente. Más tarde vendría la abstracción. Pero primero hay una etapa intermedia, en la que todavía hay formas reconocibles, como construcciones, paisajes, o personas.