Adriana CIUDAD

Publicado

“Salgan ríos de mis ojos”

 

 

Galería 2do Piso
Septiembre 15 a Octubre 12 de 2018



La concepción del patrimonio, sus entramados y símbolos en constante construcción, han estado expandiendo en estos últimos años ciertas ideas que lo re-definen como tal. Lo patrimoniable no incluye sólo la herencia de cada pueblo o las expresiones de una cosmovisión determinada, sino también los acervos culturales que se reconocen en un espacio y en un tiempo indeterminado. De este modo somos capaces de evocar el patrimonio, en tanto construcción social, y lo entendemos como un ámbito de negociaciones culturales que desde la disparidad social fortalece el entramado de sus identidades.
Al comenzar un proyecto de investigación, en plena selva, y lidiar a través del errabundeo con una serie de interrogantes acerca de las tradiciones orales de una comunidad, ciertamente confrontamos otros significados que expele el concepto de patrimonio. Frente a esta diversidad de preguntas, más la multiplicidad de elementos que observamos en la zona de Timbiquí en Colombia, podríamos ser capaces de re-significar un laboratorio como un elemento constitutivo que tiene como principal objetivo destrabar lo intangible en cuanto al valor intrínseco del territorio. No obstante, los conflictos étnicos y dinámicas locales cuestionan el rol que debería asumir una pesquisa que, en este caso, debe establecer una relación simbiótica con el arte contemporáneo.

 

 

Enfrentando estas retóricas preliminares, la introspección etnográfica de la artista visual Adriana Ciudad y su conexión, específicamente, con los alabaos de Timbiquí, expande esas minuciosas sensibilidades que evocamos desde la base de la antropología y los paradigmas del patrimonio; y, por cierto, desde un contexto social cada vez más retocado por sus desesperanzas. Cada interpretación y traducción visual, levantada por esta artista, radica en un constante peregrinar que asume los diversos juegos estéticos que han cimentado su propio trabajo artístico. No obstante, estas propuestas no sólo tienen relación con la imagen, más bien podrían ser definidas como una visualidad retocada por una infinidad de epifanías que desbordan temporalidades ante los límites que nos presenta la naturaleza.
Pues bien, entre estos parajes la música constituye una plataforma fundamental de conocimiento. Es esta música la que genera varios recorridos que van de la mano con otras crónicas que relatan los ritos que conserva este lugar. Estos cantos son responsoriales y las letras evocan el dolor, pero también la esperanza. La sociedad de Timbiquí convive con la muerte dentro de una cosmovisión que ya ha sido determinada por lo desconocido. Cabe recordar que aquello que la conquista catalogó como maligno –rituales organizados por esclavos provenientes de África–, hoy, sin embargo, es la vibración al pie de la letra de toda una comunidad que conecta su realidad con los difuntos.

 

 

Es así como al utilizar diversos medios tales como la instalación, la fotografía, el vídeo y la pintura, ella revive los rincones de Timbiquí, trasladándonos a un espacio que se homologa a otros que también han estado inmersos en la sonoridad, el cuerpo y el patrimonio. Asimismo, nos invita a ahondar en esa marginalidad indeterminada que forma la base conceptual de los alabaos, confirmando que las tramas de estas rezanderas abordaban una categoría que no es reductible a un marco teórico y epistemológico único. Todo lo que vemos y escuchamos aquí deriva en esa hibridación de prácticas comunitarias tan diversas que impone el entorno junto a sus memorias.
En síntesis, es indispensable no olvidar que estos alabaos inexorablemente nos proporcionan un antes y un después sobre la comunidad; y que estos mismos son los que nos conducen a las diferentes problemáticas que edifican las crónicas de una comunidad. De esta manera, los cánticos cargados de una interesante sintonía son, indudablemente, la filiación social, histórica y cultural de estos pueblos ancestrales de Timbiquí.

Rodolfo Andaur