Pertenece a una generación de artistas que en los años ochenta en España buscan en la figuración escultórica la base de su proyecto creativo, siguiendo la línea de investigación abierta por la escuela realista de Madrid, con Julio López Hernández a la cabeza, Aurora explora esos ambientes un tanto surrealizantes y oníricos de representación por donde transita la escultura de los años setenta y ochenta en nuestro país. Su obra más reciente incide en la naturaleza mítica del ser humano, sus personajes, dotados de una narrativa casi literaria, se expresan en un lenguaje cada vez más próximo al simbolismo.
TEXTOS
La narración o el impulso que el arte moderno demanda, en sus desarrollos no complacientes, nos encamina hacia el límite, justamente aquello que no puede ser soportado. El arte no es solo “promesa de felicidad (Stendhal), ni búsqueda de ese símbolo que habla siempre de eternidad, sino ingreso en la turbulencia del tiempo que no es otra cosa que fijeza momentánea. Fuera del instante sólo hay prosa, en el tiempo vertical de un instante inmovilizado encuentra la poesía su dinamismo específico, cuando surge el desarrollo vertical en el tiempo de las formas y de los sujetos. Desde el origen el hombre necesita expresarse plásticamente, representar el mundo para comprenderlo, crear para imitar la acción originaria. Al final del seminario dedicado al amor, Lacan se encuentra literalmente enrollado con nudos de cuerda, la figura del nudo borroneo le conduce hacia la idea de la escritura como la huella que deja el lenguaje, un garabateo en el cual el saber acaba diciéndose en la forma del enigma: lo real es el misterio del cuerpo que habla, es el misterio del inconsciente. Lo que escribe o pinta, el gesto que rompe el pavoroso espacio en blanco, son las condiciones del goce, ese empuje hacia la profundidad que tan difícil resulta asumir. Pero de esa localización aquí y ahora: la definición del aura benjaminiana) surge lo que fascina, en la tierra fronteriza de lo sublime y aquello que produce el miedo, la desgarradura de lo sagrado y el impulso vital que desborda los límites. Nuestra cultura desgarrada se corresponde a un ser que es frontera: la verdad resplandece en lo simbólico. Las propuestas del primer sistema del idealismo alemán, su reclamar una mitología simbólica, resuenan como una memoria que resiste el naufragio. El pensamiento occidental se ha mantenido con respecto al espacio en una situación que imposibilitaba su pensamiento por no ser reductible a las formas gramaticales; hay un enigma en el cuerpo de laescultura, esa forma que para Hegel era esencial en el clasicismo, con el que insistentemente dialoga Aurora Cañero, y, sin embargo, ajena a la articulación lingüística. En la escultura se consuma el cambio de tonalidad del pensar como proposición del fundamento, como fondo-yabismo a partir de la esencia del juego o, mejor, de la materia rítmica. La escultura puede ser la marca de un espacio fronterizo, esa juntura simbólica que expone el anonadamiento de la palabra en el silencio, esa tensa presencia de lo numinoso o ese decir lo indecible: lo que resta es un temblor, un emblema del instante que está a punto de desvanecerse. La preocupación por la estatuaria y el deseo de, por medio de ella, representar al hombre son vertebradores del trabajo de Aurora Cañero que ha sido capaz de modular sus planteamientos sin dejarse llevar por tendencias contextuales que o bien caen en un academicismo ramplón o se entregan, irreflexivamente a una búsqueda experimental que parece legitimado tan sólo por ser característica de una contemporaneidad dogmática. Javier Rubio Nomblot ha señalado que las esculturas de Aurora Cañero encierran la tensión “entre lo que acaba de acontecer -un pasado apenas sugerido- y lo que va a suceder a continuación – hallazgo, movimiento y metamorfosis. Cada obra suya narra un acontecimiento decisivo, ese instante en el que el hombre que habita en el centro del universo llega a su momento de verdad”. Una tendencia narrativa singularmente sutil que hace que las piezas de Aurora Cañero definan un pequeño mundo en elque suceden cosas que están en el límite de lo fantásticoo, por lo menos, desacostumbrado. Recordemos las presencias de Hombre en el trampolín (1996) mirando fijamente hacia un horizonte del que no se revela nada, dotando a su sencillo gesto de una hondura metafísica o aesas figuras femeninas que en la misma tabla en vez de arrojarse al agua, juegan con una estrella o adoptan una actitud reflexiva, como si el tiempo del juego y la introspección permitieran escapar de la rutina cotidiana. También podemos recuperar al Lunático (1996), caminando sobre un círculo metálico como un símbolo que remite al Soñador (1996), ese hombre sentado al final de una escalera, mirando al cielo en una disposición opuesta a la del obstinado dirigir la mirada a la tierra de los melancólicos.
Ensoñación y curiosidad son estados subjetivos que determinan las posiciones de las esculturas de Aurora Cañero, desde la simpática obra Tacones para asomarse (1996), hasta esa alegoría del viaje detenido que es la serie de la Barca (1996), en la que una mujer aparece con la posición de la mano sobre los ojos para contemplar alguna realidad distante, mientras un pájaro se ha posado en su cabeza, o en otra pieza hace uso de un catalejo. En la estética de Aurora Cañero es especialmente significativo el uso del pedestal como parte retórica de la obra: escalera, círculos, trampolines, barcas apoyadas sobre remos, formas rectangulares sobre las que las figuras. Se mantienen en pie. Aloïs Riegl, en 1903, señalaba que el monumento rememorativo tenía y tiene la necesidad de claridad, de evidenciar aquello de lo que habla, al mismo tiempo que mantiene un vínculo con lo que denominamos como actualidad; frente al valor de la antigüedad que valora el pasado exclusivamente por sí mismo, el valor histórico ya había mostrado la tendencia a entresacar del pasado un momento de la historia evolutiva y a presentarlo ante nuestra vista con tanta claridad como si perteneciera al presente: “el valor rememorativo intencionado tiene desde el principio, esto es, desde que se erige el monumento, el firme propósito de, en cierto modo, no permitir que ese momento se convierta nunca en pasado, de que se mantenga siempre presente y vivo en la dotando a su sencillo gesto de una hondura metafísica o a esas figuras femeninas que en la misma tabla en vez de arrojarse al agua, juegan con una estrella o adoptan una actitud reflexiva, como si el tiempo del juego y la introspección permitieran escapar de la rutina cotidiana.
También podemos recuperar al Lunático (1996), caminando sobre un círculo metálico como un símbolo que remite al Soñador (1996), ese hombre sentado al final de una escalera, mirando al cielo en una disposición opuesta a la del obstinado dirigir la mirada a la tierra de los melancólicos. Ensoñación y curiosidad son estados subjetivos que determinan las posiciones de las esculturas de Aurora Cañero, desde la simpática obra Tacones para asomarse (1996), hasta esa alegoría del viaje detenido que es la serie de la Barca (1996), en la que una mujer aparece con la posición de la mano sobre los ojos para contemplar alguna realidad distante, mientras un pájaro se ha posado en su cabeza, o en otra pieza hace uso de un catalejo. En la estética de Aurora Cañero es especialmente significativo el uso del pedestal como parte retórica de la obra: escalera, círculos, trampolines, barcas apoyadas sobre remos, formas rectangulares sobre las que las figuras. Se mantienen en pie. Aloïs Riegl, en 1903, señalaba que el monumento rememorativo tenía y tiene la necesidad de claridad, de evidenciar aquello de lo que habla, al mismo tiempo que mantiene un vínculo con lo que denominamos como actualidad; frente al valor de la antigüedad que valora el pasado exclusivamente por sí mismo, el valor histórico ya había mostrado la tendencia a entresacar del pasado un momento de la historia evolutiva y a presentarlo ante nuestra vista con tanta claridad como si perteneciera al presente: “el valor rememorativo intencionado tiene desde el principio, esto es, desde que se erige el monumento, el firme propósito de, en cierto modo, no permitir que ese momento se convierta nunca en pasado, de que se mantenga siempre presente y vivo en la propiamente les une. Aurora Cañero ha completado sus metáforas del deseo con una serie sobre el beso en la que dota a ese momento de superación del miedo al contacto de una extrañeza que reinstalar la separación corporal: las lenguas pueden ser cuchillos o estar cubiertas de elementos punzantes. Sin duda, en el placer aparece tanto un atisbo de amargura, cuanto una conciencia del dolor como destino del hombre. La tarea de esta escultora es encarnar, en sus rigurosas obras, el misterio, dar un cauce expresivo a las emociones, con una mezcla de extrañeza y fino sentido del humor. La identidad permanece como un enigma, incluso cuando no tenemos otra protección que la piel, el relato subjetivo continua manifestando su hondura: la mirada curiosa conoce los abismos de la pasión y, por ello, necesita evitar la caída sujetándose a esas ramificaciones que llamamos relatos, que no solo están construidos con palabras sino con huellas, objetos o figuras fascinantes.
Fernando Castro Florez
Todo mito es representación y, en consecuencia, cuanto de él percibimos viene determinado por los gustos y cánones de la época a la que sirve (o que de él se vale para sus fines): paradójicamente, aquello que debiera ser inefable, inmutable o irrepresentable no sólo sucumbe ante el poder de la imagen que lo suplanta (tal es el poder del artista) sino que, milenio tras milenio, resulta ser la principal razón del cambio, el vehículo que articula esa sucesión de expresiones y estilos que conforma una cultura. Así, del mismo modo que no es posible imaginar (traducir a imágenes) un mito anterior a la existencia de su representación, aquel que verdaderamente impera en nuestra edad permanece oculto en el futuro, perdido en un bullir de acontecimientos, y así será hasta que el tiempo lo haga aparecer sobre un poso de sedimentos. Siempre he tenido la sensación, al contemplar las esculturas de Aurora Cañero, de que sus fuentes estilísticas y sus metáforas son como el agua escapándose entre los dedos: nunca alcanzamos a identificarlas del todo, ni a ubicarlas en un momento concreto de la historia de las imágenes, ni a descifrar el enigma que nos proponen; y, sin embargo, todo en sus sencillas figuras nos resulta de inmediato familiar, disfrutamos de esta obra sin esfuerzo, plácidamente, como si fluyera libremente entre los hilos de esa trama de cánones y estilos, mitos y arquetipos, que conforman nuestra visión del mundo. Y, ¿no es ese afán de fluidez precisamente aquello que determina el nacimiento de las nuevas fórmulas? ¿No busca toda vanguardia una senda despejada, limpia de escombros y maleza, por la que pase sin tropiezos la idea (o el ideal) y llegue salva, sin dejarse jirones de piel enganchados en un zarzal de arquetipos caducos, modismos y dogmas? Si permanece la escultura de Aurora Cañero enigmática e inaprensible pese a que nada hay en sus metáforas, ni en su formulación plástica, que nos resulte del todo ajeno, es sólo porque su lenguaje se mantiene puro. Lógicamente, cuantos hemos analizado su obra hemos tratado de aprehender alguna gota (o una piedra) que quedara sobre el tamiz. Podríamos recordar las formas macizas y levemente sintéticas de Aristide Maillol (1861 – 1944), el primer escultor post-romántico (y, más concretamente, post-rodiniano) y “padre” de cuantos -¡cuántos!- volvieron su mirada hacia el arte arcaico a lo largo del siglo XX. Y Castro Flórez habló también de “un diálogo insistente con el clasicismo” mas, si bien es cierto que en la escultura de Aurora Cañero el rigor en el tratamiento de las anatomías y el sentido de la proporción nos remiten al canon clásico, no lo es menos que para hallar tanta sobriedad en la estatuaria griega habríamos de remontarnos hasta el Estilo severo (500 – 450 a.C.) y ningún artífice de aquel período fundamental (durante el cual se abandona, entre otras cosas, la frontalidad y se introduce nada menos que el movimiento de la cadera determinado por la pierna de apoyo, que da lugar a la famosa “S” griega) habría imaginado una pose tan natural y relajada como la que adoptan, por ejemplo, los “Socorristas de Biarritz”.No negaré que esta obra, una de las escasas esculturas -si no la única- de Aurora Cañero en la que no se halla presente el ingrediente fantástico, ejerce sobre mí cierta fascinación: demuestra sin lugar a dudas que el misterioso atractivo de sus figuras no depende de su participación en algún ritual más o menos esotérico (hacia el que apuntan instrumentos como el calibrador, el compás, el telescopio, el círculo o el Vestido de luna presentes en las “Reflexiones sobre los cuerpos celestes” o en la serie “Soñando estrellas”) ni de su inmersión en un escenario simbólico (como son las barcas de “Navegando juntos” o las atalayas de los “Soñadores” y los “Observadores”), sino que -como corresponde al gran arte- es la forma, con independencia de la narración, la que encierra el verdadero mensaje de la obra. Desde un punto de vista formal, cuando comparamos sus esculturas de los años 80 con estas últimas, lo primero que nos llama la atención es la progresiva desaparición de los rasgos más propiamente barrocos: en aquellos años, la artista solía modelar melenas enmarañadas que agitaba el viento, estudiaba los complejos pliegues de los paños, buscaba la tensión en poses dinámicas… Sus personajes iban a alguna parte (como los “Caminantes”), se extendían (los “Equilibrios”) y necesitaban del espacio circundante para existir (“La ventana”). En cambio, en estas obras de los últimos cinco años, todas las figuras llevan el cráneo afeitado -no dejan por eso de ser ángeles- y suelen aparecer desnudas y en actitud relajada; el pedestal – un elemento fundamental en toda la escultura de Aurora Cañero- marca los límites su mundo o, como sucede en los “Observadores” y los “Soñadores”, determina su horizonte; no se expanden sino que se concentran: se detienen, meditan y, sobre todo, miran. Y esta depuración de la forma (esta artista hace que la anatomía parezca la más sencilla de todas las ciencias) se acompaña sin duda de una mayor concreción narrativa. En la actualidad, la escultura de Aurora Cañero – que ilustra siempre analogías y asociaciones, relaciones posibles, imposibles o inesperadas- abarca un territorio amplio que va desde el sencillo poema visual (como la serie “Deseo”) hasta la metáfora más compleja y envuelta en una cuidada escenografía. Mas en él no tienen cabida los formatos abusivos, la grandilocuencia y el efectismo porque la escultura de Aurora Cañero es, sobre todo, sutileza; es roce (o caricia), sonrisa, alusión y susurro. Marcos Barnatán escribió ante estos personajes enigmáticos que “quizá reconocemos en ellos muchos rasgos que nos turban, bellezas o emociones que no dejamos de reconocer, fragmentos de nuestras memorias o instantes que alguna vez imaginamos como posibles”. Lo que cuentan las esculturas de Aurora Cañero son los fragmentos perdidos del relato mítico: imágenes de lo sutil y sencillo, de lo evidente, son lo que faltaba por narrar, la diminuta pieza de un puzzle inmenso donde han de existir lo probable y lo imposible. Porque el uno, nos dicen los amantes de bronce que se arañan, se besan y se observan, no es nada sin el otro.
José Marín-Medina
“Como un claro de luna en la penumbra”
Enrique Banchs.
Debemos comenzar diciendo que la labor de un escultor es, entre todos los trabajos que realiza el hombre, uno de los más verdaderamente admirables. Pero no sólo porque consiste en inventar con su cerebro y después con la pericia de sus manos unos bellos prodigios, que ya sería una causa suficiente y poderosa, sino porque poblar el mundo real de nuevas e irrepetibles formas es además una tarea infinita. Cuando un intruso como yo entra en el taller de la escultora Aurora Cañero, en la castiza plaza de la Morería – ¡ cuántos ecos del maestro don Rafael Cansinos Asséns al pié del Viaducto ! – , siente que se entromete en el cerrado jardín, en el recinto secreto y propio de un tropel de áticos personajes únicos, y a la vez miembros de una raza interminable. Allí están, en apariencia durmientes, pero en realidad muy despiertos, encaramados en el último peldaño de sus escaleras, buscando siempre la altura de un pedestal que les da ese lugar de observación privilegiado, ese espacio de superioridad acechante desde el que ellos, que tanto necesitan ser mirados para poder existir, a su vez nos miran con extrañeza. Son hombres y mujeres que se resisten a pisar la tierra como lo hacemos sus pobres hermanos de carne y hueso. Quieren ser todo lo livianos como para poder andar por el aire o buscan en la atrevida navegación la inquietante flexibilidad del agua. Tienen algo de actores que están representando en el espacio libre de un escenario abierto una comedia o un drama, y también tienen algo de piezas de un inmenso juego de ajedrez, celebrando una partida que adivinamos es tan crucial para ellos como para nosotros. Invitan a la aventura del sueño, porque se sienten parte importante de un mundo asombroso, en el que la magia que irradian nos permiten participar activamente en sus fabulas, incluso colaborar en la trama de la narración con el riesgo de nuestras propias ensoñaciones. ¿ Porqué nos fascinan tanto estos dobles nuestros, fundidos en el bronce y modelados con minuciosidad por Aurora Cañero ?. Quizá porque reconocemos en ellos muchos rasgos que nos turban, bellezas o emociones que no dejamos de reconocer, fragmentos de nuestras memorias o instantes que alguna vez imaginamos como posibles.¿ Qué vértigo hay en ese seductor encuentro de nuestra mirada fugaz con la pieza silente ?. Acaso no hemos pensado, con una irremediable pizca de envidia, que ellas – las esculturasson tan inmutables como inmortales y nosotros, en cambio, estamos destinados a envejecer y a morirnos. Hay que tener verdadera gratitud ante creadores como Aurora Cañero, que no se limitan a reproducir seres idénticos a nosotros, que se niegan a ser meros espejos reiterativos de lo cotidiano y despegan a sus criaturas del conocido suelo de lo real. Nos están regalando sus sueños, nos están confiando sus mejores secretos, nos están mostrando la profundidad laberíntica de sus almas. Por fortuna desconocen la vulgaridad en una sociedad ya demasiado castigada por rutinarias y grises banalidades. ¿ No es éso ya mucho ?. El arte debe tener ese poder de maravillarnos para ser realmente arte, y esa es una espléndida lección que las esculturas de Aurora Cañero nos dicta “ como un claro de luna en la penumbra”.
Marcos-Ricardo Barnatán