RUBÉN RODRIGO

«PINTURAS ALREDEDOR DE UN PAISAJE»

FEBRERO 22 AL 6 DE ABRIL  |  2024

En este texto hay una casa y un margen olfativo –porque leer es recordar– que tratan de acercarte a ti, que lees, a los trabajos que aquí figuran.

Paseemos alrededor de distintos habitáculos, porque es más divertido que decir “habitaciones”, y la diversión es uno de los propósitos fundamentales. Miremos como si todo fuese una representación, aún sin serlo.

Alrededor de las palabras, –biblioteca, por supuesto–: estos paisajes se llaman a sí mismos “trabajos” y no “obras”. Nótese que el artista tiene algo de hormiga.

Hay un oratorio, sorprendentemente, porque es una casa muy rica en tanto. Y en el oratorio, claro, se reza, se calla, se escucha lo que viene de más allá que, en este caso, viene de dentro. Para llegar al oratorio se atraviesa un pasillo, se va andando al estudio para inducir el trance.

Alrededor de los materiales, que son altillo o almacén en este paseo, encontramos una defensa en forma de elipsis. Contra la densidad de la pintura como pasta, la liquidez. Que es lo mismo que decir “hay una densidad ambiental que da el color cuando está muy mezclado a través de la transparencia, y no a través de lo impositivo de una mancha opaca”. Que es lo mismo que decir “si hubiera un río, no veríamos el río”.

Hay un cuarto de baño, pero venimos limpios.

Alrededor de la mímesis –tanta eme da sueño, esto es un dormitorio–, hay otra mímesis inesperada. El paisaje, resultado pictórico más o menos voluntario, es el sujeto. El paisaje es su memoria. No hay realmente un paisaje, es el artista haciendo memoria, evocando con el tono exacto una vibración pequeña. Suena una canción que cuenta la historia de un balneario en Mondariz, de las primeras pinturas al aire libre, de aprender a mirar la naturaleza a través del Greco.

Hay un comedor, pero no tenemos hambre.

Alrededor de la composición, que sería algo así como la cocina, sobraron las figuras o bien fueron un trámite. De eso ya hace tiempo, y las ollas han cogido algo de polvo. Desaparecieron las figuras, y el fondo se erigió en Suficiente, y se independizó. Todo lo que hay aquí es fondo, y por eso desaparece la idea de fondo. Lo que hay aquí son cuadros.

Hay un balcón.

Hay una pequeña galería en esta casa que casi tocamos, pero que es un recurso explicativo. Es una pared plagada de imágenes, colocadas sucesivamente en un horizonte que desemboca en dos paisajes-tormenta. Las imágenes del horizonte son de tamaño menor al acostumbrado, porque el artista siempre busca, por eso lo es. Y en esta galería, sobre todo, busca pasar de lo envolvente de un cuadro grande, al experimento de un tamaño chico. Hay fragmentación, inconstancia y variedad, pero está bien, porque por eso se parecen estos trabajos al pensamiento.

Alrededor de la habitación de los críos se habla de cronología. El orden es también un elemento importante. El trabajo más “paisaje” fue el primero que pintó: es el que contiene un cielo que anochece, y un fiordo de lava que se cuela por la esquina inferior izquierda. El artista cree que pintó los otros trabajos queriendo que se le parecieran. Al final no se parecieron en nada. Pero hay simpatía entre ellos. Casi amistad.

Hacia el final de la casa un despacho donde se guardan los documentos de viaje. En los documentos se sugiere un viaje al trópico, que es lo mismo que decir “la gracia y el mucho color de esta exposición son deliberados”. Es la forma de huir de la niebla que inventaron los románticos, para entrar en una doméstica selva nueva.

Nos detenemos alrededor de la forma de exponer, es decir, paseamos una ventana de ventanas.

Miramos la casa desde dentro, y es nuestra.

Hay un balcón, pero no hace falta salir: paseemos.

Por Carmen Rotger Ordóñez