JUAN OSORNO
¿Qué habría pensado un terrícola del año 1800 si le dijéramos que una de nuestras formas masivas de comunicación es un elemento llamado meme? Una imagen simple y cómica que en cuestión de segundos es capaz alcanzar a su interlocutor. Probablemente, nos tomaría por dementes y seguiría leyendo su periódico o escribiendo una carta que tardaría semanas o incluso meses en llegar a su destinatario.
Pues bien, en el siglo XXI, por increíble que parezca, hemos inventado un nuevo lenguaje plagado de imágenes que se reproducen más rápido que las bacterias. Un fenómeno de carácter multisemiótico que diariamente se hibrida con noticias, tendencias y fenómenos culturales. Parece que aquellas imágenes históricas que antes se incrustaron en el inconsciente popular han sido reemplazadas por chascarrillos visuales anodinos, que en pocos segundos se vuelven parte de los millones de pensamientos que a diario surcan nuestro cerebro. ¿Por qué estos llamados memes parecen tener ahora toda nuestra atención ante aquellas imágenes que reflejan la crudeza o belleza de lo real?.
Durante siglos, el mundo fue representado por imágenes recolectadas a partir de la necesidad o la curiosidad. En principio, la acumulación de información estuvo a cargo de exploradores, dibujantes y artistas que con extrema minuciosidad detallaban sus hallazgos. Con la invención de la imprenta, la imagen se volvió masiva y la posterior llegada de la fotografía estableció una forma revolucionaria de capturar la realidad, situando a la imagen como un elemento decisivo en espacios periodísticos, científicos y artísticos.
Con el surgimiento del internet, la imagen ha sufrido una mutación radical debido a que por primera vez en la historia contamos con un archivo gráfico al que cualquiera puede acceder. Las imágenes son ahora un cúmulo de datos que reposan en una pila infinita de información y la inmediatez de la comunicación genera que sucesos reales se camuflen con aquellos que no lo son, haciendo que básicamente cualquier imagen que veamos carezca de impacto, debido a que nuestro cerebro ya está buscando la próxima a consumir.
Un meme, a priori insulso, es ahora una parte irrefutable de nuestra cultura popular, tal y como lo es la icónica fotografía del accidente del Hindenburg o el retrato de Einstein sacando la lengua. Es prudente preguntarse entonces por las imágenes que nuestra sociedad consume, y qué nos están aportando. La idea de cómo nos representamos está directamente relacionada con quiénes somos y con la manera en la que percibimos el mundo.
Sería impresionante poder saber de aquí a cien años qué imágenes seguirán siendo relevantes para nuestra civilización y por cuáles nuestro siglo será recordado.
Juan Osorno
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