GABRIEL SILVA / VALERIA ALFONSO
ENTRE VISIONES Y LUGARES
MAYO 17 AL 28 DE JUNIO | 2025
En su devenir artístico, Gabriel Silva (Bogotá, 1955) siempre ha estado en la búsqueda de la representación de lo sagrado, temática íntimamente ligada a la historia de la pintura, que a través de sus imágenes ha develado interpretaciones de los santos, de la crucifixión de Jesús y de toda una iconografía alrededor del Antiguo y el Nuevo Testamento. Aunque Silva no comulga con alguna religión en particular, creció en un hogar católico en el que admiró la belleza de las representaciones de la Virgen y del Divino Niño.
En vista panorámica de todo su recorrido, el trabajo de Silva ha estado encaminado a encontrar la materialización de lo intangible. Sus obras emanan un misterio y una cierta extrañeza que va ligada a su curiosidad espiritual. Si bien en algún momento no se consideró creyente de las doctrinas, constantemente ha dudado del lugar en el que deposita su fe, porque de lo que sí está seguro es de la trascendencia del plano terrenal.
En su búsqueda espiritual, Silva ha resonado con el animisimo, la creencia en la existencia de espíritus que animan todos los seres, porque para él lo divino está en la naturaleza. Esta convicción, primitiva del homo sapiens, se adhiere a la obra del artista junto a un precepto de la mitología griega que define a los seres elementales como genios formadores y protectores de la tierra, el agua, el aire y el fuego. Duendes, gnomos, hadas, quimeras, ondinas, náyades, faunos e incluso El Mohán y la Pata sola, leyendas del departamento del Tolima, han hecho parte de su imaginario. La pintura es la columna vertebral de su proceso creativo. Ha manifestado un lenguaje visual propio en el que gesta nuevos universos oníricos. El particular manejo del color que plasma en sus lienzos contribuye a crear la atmósfera de mundos desconocidos con figuras enigmáticas que invitan al espectador a sumergirse en una dimensión mística. Silva concibe el paisaje a partir de su memoria. Su atracción por esta inclinación comenzó por la observación de la pintura del siglo XVI, en especial la obra del holandés Pieter Brueghel el Viejo, que en el fondo, tras el primer plano, recrea figuras en distintas acciones. Este recurso se incrustó en el imaginario de Gabriel y ha sido recurrente en su trabajo, como también su inspiración en la literatura, en el cine y en su experiencia en el ámbito de la fotografía.
Valeria Alfonso (Bogotá, 1999) entiende la práctica pictórica como un ejercicio permanente que le posibilita el esclarecimiento de relaciones implícitas en medio de una constante manera de percibir el mundo. Es así como la «multiplicidad», tal como ha sido entendida por el teórico literario Italo Calvino, se constituye como noción central en su pintura, reflejando una voluntad por revelar, estructurar, o tal vez sugerir un entramado de vínculos mentales surgidos a partir de la confluencia de elementos heterogéneos en su experiencia interior de vida. Al respecto, Calvino asemeja la representación del mundo en su «multiplicidad» (haciendo referencia al estilo novelístico de Carlos Emilio Gadda), con una maraña intrincada donde concurren sin número de aspectos que simultáneamente integran cualquier acontecimiento.
De frente a esas constelaciones, el acto de escoger se convierte en una necesidad ineludible: “Al pintar de verdad, sale solamente una cosa – un solo momento”, afirma Alfonso, mientras que sobre sus lienzos brotan densas espesuras visuales atiborradas de matorrales, cerros y frailejones. “Crear una imagen es traer imágenes informadas por otras imágenes, desconocidas, allí contenidas”, añade. Los detalles crecen hasta cubrir todo el cuadro (retomando a Calvino, a pesar de que él se refería al hecho literario) desvelando de ese modo un tipo de pintura que podría asimilarse como un ejercicio fenomenológico: la experiencia interior de la consciencia, trasladada desde los estratos más íntimos para ser exteriorizada en el hecho pictórico.
Las pinturas de Valeria Alfonso invitan al espectador a la sensación, más que a la interpretación. El dormitorio de un romance que no fue, la ventana de una casa de su barrio, el tejado a dos aguas de su habitación, un par de tazas de té que se quedaron sin acabar. Todas esas evocaciones son trasladadas del interior sensible a la sensualidad de la pincelada, las texturas del soporte, la aventura del color. No queda nada más que abandonarse al interior de sus frondosas composiciones, viéndolas y volviéndolas a ver, descubriendo y redescubriendo elementos que se prestan al público como diminutos fotogramas de una inmensa película desenvuelta en la vida misma, abandonándose a la pintura como única forma posible de hacer sentido de esta caótica belleza.
OBRAS
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