GUSTAVO ZALAMEA

SERIE FINAL

SEPTIEMBRE 13 AL 11 DE OCTUBRE | 2025

Gustavo Zalamea Traba (Buenos Aires, 1951 – Manaos, 2011) dejó una veintena de grandes lienzos inacabados (140 x 168 cm, 120 x 230 cm) en los que trabajaba arduamente en el momento de su prematura desaparición. Por falta de otro mejor nombre, que el tiempo y los críticos determinarán, designaremos aquí ese conjunto de telas con el apelativo Serie Final. A pesar de toda la pesadumbre que embarga al espectador al pensar que la serie terminada habría constituido sin duda una de las cumbres mayores del legado de Zalamea, el hecho mismo de que se trate de un conjunto inacabado –en gestación, con procesos de emergencia creativa a la vista– resulta invaluable para el estudio de su obra.

Diversos fragmentos turbios y cortes exactos se enfrentan y se superponen en la Serie Final. En la pintura, manchones y acumulaciones libres de colores contrastan con superficies unitonales, perfectamente delineadas mediante usos ubicuos del masking tape. En el dibujo, curvas danzantes se entreveran con precisas cuadrículas analíticas subyacentes. Una de las telas de la serie muestra un inicio exacto sobre una cuadrícula bien definida: el cuerpo inclinado de una mujer de espaldas, de donde emergen la cola de la ballena y un navío en blanco, la Catedral en rojo, una fruta en naranja. Las formas ocupan con precisión los cuadrantes que les están destinados y los tonos únicos las llenan, aunque ya, en el cielo, empiezan a surgir las turbulencias que luego habrían transformado toda la composición, en caso de haberse culminado. En contrapunto, otra tela en su primera etapa, representando San Jorge y el Dragón, incorpora desde el comienzo todo tipo de manchones turbios: mixturas de blancos, grises y azules en la parte superior, naranjas, rojos y ocres en la parte inferior. Como recordatorio de las contrapartes exactas, permanece aún un triángulo blanco con sus tiras de masking tape en el centro del lienzo.

Toda la Serie Final tiende, en efecto, a resaltar la difícil complejidad de la mirada y de la vida. Una representación de la Última Cena, una de las telas más avanzadas de la serie, combina a la perfección las polaridades de lo turbio y lo exacto: en la parte inferior surgen soportes rectangulares, triángulos, la curva bien delineada de una mesa, las fronteras nítidas de las frutas, mientras, a izquierda, emerge una catarata-enredadera de colores “sueltos”, con múltiples tonalidades de verdes, salpicaduras de rojo, amarillo y azul, inicios de negro. El contraste acaba con cualquier presuposición univalente de la creatividad: no valen, por separado, ni la “corrección” directora de la razón, ni la “dirección” correcta del corazón –sólo su enlodada mezcla–.

La Serie Final de Gustavo Zalamea trabaja de manera denodada en los márgenes, confronta y enriquece, eleva la dimensión del arte y propulsa una extraordinaria libertad. El riesgo asumido fue grande y nunca sabremos adonde pudo haber conducido. No obstante, la clarividencia de los rastros y de los montajes creativos, en trance de ejecución, nos demuestra que la enorme capacidad de agitación del maestro se encontraba en un momento de excepcional brillantez.

Lejos de ser un cierre, estas piezas dialogan con lo eterno: la materia, el tiempo y la memoria. Cada trazo y cada forma parecen contener una despedida, pero a su vez una afirmación vital. Zalamea nos entrega aquí un legado íntimo, sereno y profundamente humano: una última mirada, lúcida y plena, al universo que creó y habitó.