SEBASTIÁN CAMACHO
ARQUITECTURA DEL SILENCIO
FEBRERO14 AL 21 DE MARZO | 2026
Los recorridos cotidianos son material para la creación de Sebastián Camacho (Bogotá, 1982). Lleva casi veinte años viviendo en Buenos Aires y, al igual que muchos artistas a lo largo de la historia, incorpora el caminar como una práctica estética que le permite reflexionar en relación con el paisaje, la arquitectura y, en su caso particular, al vivir en una ciudad como extranjero, lo mantiene atento para recuperar algo que para él es extraño.
Desde su serie Ventanas o la vida de todos los días, que comenzó a desarrollar en 2018, se ha detenido en la arquitectura accidentada por el tiempo y por el ejercicio de habitarla. Si bien había puesto antes el foco en el paisaje urbano desde una visión panorámica, como en su serie Todo lo que tengo lo llevo conmigo, poco a poco comenzó a acercarse a la belleza y a la particularidad de la arquitectura. En este caso, puso el foco en confesionarios que tomó como referencia, sin símbolos religiosos explícitos, confiando en que son objetos culturalmente legibles y recuperando la relación histórica que ha tenido el arte con lo sagrado.
En esta sala, Camacho llama las formas a presencia no como objetos, sino como situaciones que cada espectador construye desde la manera en que ha atravesado su espiritualidad y su vínculo con el arte. “Me interesa ver cómo en ambos casos se ralentiza el tiempo, se alteran las convenciones en las que nos relacionamos y nos enfrentamos a conversaciones hacia el interior, con nosotros mismos. Cuando entramos a un museo, más allá del texto impreso en la pared o más allá de una visita guiada, uno entra a discutir con uno mismo dependiendo de qué tanto se conmueva, de qué tanto nos dejemos interpelar”, explica el artista que, con su poética, contrapone un material efímero frente a formas que buscan la perpetuidad.
La obra de Sebastián Camacho hace parte de la colección del Museo de Bellas Artes de Houston, ha participado en distintas exposiciones nacionales e internacionales y actualmente trabaja con la Galeria el Museo, en Bogotá, y la Galería Gachi Prieto, en Buenos Aires.
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¿Tal vez es la relación con el material? ¿Una ebanistería en cartón? En su taller de Buenos Aires las virutas de cartón se acumulaban entre sus pies. Una imagen íntima de la mímica de un trabajo. ¿O un trabajo que imita otro trabajo? Los ebanistas convierten la madera en rulos blandos, pero eso es sólo lo que queda, el descarte, lo que permite a la forma aparecer. ¿Qué es lo que hace aparecer a la forma? ¿Cuál es el origen de estas formas?
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Hay una estrategia, un dispositivo creado para que intuyamos las espaldas de las obras. Un reflejo de color, una sombra proyectada que tiñe la pared a propósito. Para que sepamos, para que nos demos cuenta de una vez que las obras tienen espaldas. Pero ¿por qué? ¿Siempre las nucas?
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Ninguno de los colores de los grandes vitrales permanece, todos son engullidos por la penumbra reinante de la catedral. En la muestra de Sebastián Camacho intuimos aunque no sabemos. ¿Eso nos tranquiliza?
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Son puertas. Eso está claro. ¿Puertas de confesionarios? No hay un solo símbolo reconocible, pero sin embargo no hay dudas. Aunque hay algo levemente desfasado. ¿Por qué esa escala? Apenas reducida. Como si alguien la hubiera cambiado con el propósito de que no podamos sacarnos de la cabeza ese dato. Porque no es lo suficientemente alterada como para que sea de “otro mundo”. Es de “este mundo”. ¿Será un error?
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Me pregunto cómo será el intercambio entre estas obras y sus espectadores. ¿En qué términos se dará esa transacción? Es evidente que se filtran rayos de un sol de iglesia por las rendijas de estas puertas. Aunque nunca se nos forme una imagen nítida, hay algo que flota en el aire, como partículas de polvo. Pero ¿qué pasa con lo que no dicen las obras? ¿Qué escucharán sus espectadores? Hay algo de espejo en estas obras. Son espejos opacos. Nos enfrentan con nosotros mismos. ¿Será como el impacto que deben tener las palabras dichas contra las paredes interiores de un confesionario? Nunca entré en un confesionario. ¿Por qué entraría?
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¿Una necesidad de alterar los tiempos cotidianos? ¿Una necesidad de suspender la aritmética del tiempo? ¿Una necesidad de reconciliación? ¿Perdonar(se)?
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¿Qué tan sofisticada puede ser la felicidad? Es un sentimiento básico. Y sin embargo… ¿Hay una historia? ¿Hay un misterio? No hay historia. El cuento nos daría una tranquilidad innecesaria. Sin embargo, las obras de Sebastián Camacho evitan (y no pueden evitar) la literatura.
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Hay regiones en blanco en estos mapas. Y es deliberado. ¿Qué pasa cuando la obra se calla? Cuando nos deja lugar para que escuchemos nuestras propias ideas, nuestros propios sentimientos: dudas, contradicciones y culpas. Todo mezclado. ¿Es un juego?
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Evito la palabra “representación”. Es peligrosa y no aplica al aire de estas obras. Es como una bailarina de movimientos filosos, cortantes. Las construcciones silenciosas de Sebastián Camacho fluyen blandas, apenas sumergidas en la corriente del río hacia el mar. En la aparente contradicción del material con la forma radica el movimiento de esta muestra. ¿Formas sagradas, materia profana?
Andrés Pasinovich
OBRAS
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