La pintura es la columna vertebral del proceso artístico de Gabriel Silva, quien ha creado un lenguaje visual propio en el que concibe universos oníricos desde su imaginario. El particular manejo del color que plasma en sus lienzos contribuye a crear una atmósfera de mundos desconocidos con figuras enigmáticas que invitan al espectador a sumergirse en una dimensión profunda de ensueño. Para Silva, lo divino está en la naturaleza. Sus convicciones comulgan con la mitología griega, que definía a los seres elementales como genios formadores y protectores de la tierra, el agua, el aire y el fuego.
TEXTOS
Una serie de paisajes de gran formato conforman la serie Cosmografías del artista Gabriel Silva, expuesta en el Museo Rayo. Estos paisajes se abren en el cuadro desde un punto de vista total, un panóptico celestial en el que el artista y el espectador todo lo pueden ver, y pueden ser testigos de lo que parecen explosiones estelares (que son, en definitiva, explosiones de color) hasta de los pequeños acontecimientos de unos personajes aún sin historia. El plano abierto de sus paisajes brinda a la mirada una invitación a entrar en el cuadro y evidencia un tipo de observación narrativa, la de un creador que dispone y decide sobre el destino de sus universos y las figuras en el plano. En las obras de Silva se puede sentir aquella pulsión del escritor de relatos fantásticos, un impulso que conecta cada particular (los rostros y los personajes) con las topografías imaginarias y las galaxias de los cuadros (incluso sus temas se salen al mundo real por medio de esculturas y jardines, que si bien no hay de ello en la muestra, hacen parte del mismo proceso).
Se puede pensar que los paisajes son escenas, escenarios dispuestos para muchos desenlaces. Silva ha manifestado, en una entrevista, que uno de los principales retos para asumir la pintura, “una lucha como artista”, fue deshacerse de la figura humana y enfocarse principalmente en lo que pasaba detrás. Con esta declaración da una pista muy importante para reflexionar sobre su arte, y es que los fondos actúan como motivos centrales, temas y no decorados; lo que quiere decir que sus escenarios condicionan las figuras, que el contexto onírico de la totalidad del cuadro incide en cada trazo, que se puede convertir en criatura, fuente de luz, fluidos topográficos, estrellas, plantas o estructuras.
Miguel González, curador de la exposición, señala el uso del accidente controlado, la explosión de color, la figuración minuciosa y el cromatismo vigoroso, dando a entender que los fenómenos pictóricos suscitan la sensación de transformación permanente como si estos universos se movieran cuando nadie los ve y tuvieran su propia vida. Lo cual es muy acertado si se tiene en cuenta el carácter narrativo de la serie. Una historia, ya sea un cuento o una novela, plantea los límites de su propio universo, condiciona sus personajes y manipula el tiempo bajo lógicas internas. Todo se mueve dentro de su universo. En este caso, cada pintura fija un momento. Y las sombras se congelan ante luces arbitrarias, la naturaleza revela su absurdo y de nuevo el punto de vista privilegiado abarca de alguna manera las lógicas internas.
No se pueden explicar estas pinturas; se puede especular sobre el accionar interpretativo ante las obras, pero aún así es más vital abordarlas por la impresión fantástica que generan. Esta serie se podría enmarcar con una tradición histórica de escenas, escenas de campesinos, cuadros de refranes, pinturas religiosas donde se ven el infierno y el paraíso, mitológicas e incluso indigenistas. Todo esto, quizá, porque sugiere (o demanda) un relato. Hay una gama de arquetipos interactuando en sus cuadros: los que parecen centauros, los que parecen gigantes, recolectores, cazadores, etcétera, y, sin embargo, no se puede definir qué es lo que son porque están en función de una cosmografía pictórica (un detrás de) donde la mancha, algunos degradados tonales, derrames de color y veladuras los delimitan.
Hay diversos tipos de acercamiento en las pinturas. Unos que muestran todo un paisaje lleno de conflictos, otros que muestran de cerca algunas figuras como sumergidas en los bosques, y los que se centran en un solo acontecimiento (aunque seguramente en el fondo estén pasando más cosas). Por otro lado están los cuadros que parecen incidentes cósmicos, sin escala definida, pero seguramente fenómenos magníficos. Por último están los retratos, de pequeña escala, que completan la exposición y reafirman la necesidad de relato, o más bien, la ausencia narrativa. Cosmografías quizá plantea una paradoja: incita al pensamiento fantástico y narrativo, pero carece de relato; lo cual potencializa las posibilidades de los cuadros.
Es tan radical la postura artística de Silva, ante esta condición doble de narrativa y no-relato, que ninguno de sus cuadros tiene título, todos están abiertos bajo un “sin título” que desvía cualquier intención connotativa y coloca en primer en plano lo que en últimas es lo que importa: la pintura. De esta forma, entonces, los paisajes no se abren del todo ante la mirada, como se reflexionó al principio de la crónica, sino que más bien se cierran, se puede mirar pero no se puede saber. La imagen está fija, y con ello, el relato, y bueno, ¿quién entiende un relato con tan solo mirar una sola página de este?
BREYNER HUERTAS
Silva nos deja entrever que su producción artística tiene un ritmo y que el asunto pictórico sigue siendo un problema importante que le permite ir a su taller todos los días para continuar con una batalla ancestral que pareciera personal. Sin embargo, el mundo onírico, las constelaciones –que parecen ser una proyección de la vida– y el eco permanente hacia mitologías que se encuentran guardadas en el fondo de una mesa de noche son cada vez más fuertes. Gabriel Silva nos señala con esta muestra su persistencia en la materia pictórica y en la búsqueda de soluciones plásticas a problemas eminentemente humanos. Ha sido capaz de leer su propia obra durante años y de entender que, ya sea haciendo cerámica o coleccionando pequeños árboles muertos o incluso dejando que pasen días y semanas elaborando pequeños jardines, en todo ello siempre saldrá a relucir el problema pictórico y humano. Y que la pintura, y ante todo el respeto que siente por este lenguaje, requieren una madurez que solamente la dan el trabajo y el tiempo.
Amante de la naturaleza, Silva posee una pequeña colección de árboles y de bonsáis. Cada una de estas piezas recibe su cuidado especial en el taller, y les construye en cerámica su propio hábitat sin siquiera pensar en que está desarrollando un proyecto artístico. No es de su interés ver el mundo fragmentado entre el arte y no arte, sino el cuidado y observación que le merece todo lo que hace. Hace unos ocho años se le murió un pino pequeño de su estudio y, según nos relata, una vez seco, lo desenterró y se quedó con el esqueleto de lo que anteriormente fuera un árbol. Después de unos años viendo el esqueleto, se dio cuenta de que su forma es mucho más fuerte si se le da la vuelta, si se ponen las raíces hacia arriba. De esta manera, queda como un ser mitológico que deambula por su taller como si reflejara todo el bajo materialismo de Bataille en una simple pero contundente operación. Y es que Silva procede así con su obra: construye, desentierra, voltea, vela, y no claudica ante un gusto estético sino que deja que su obra persista en el mundo, donde un volcán, una perspectiva inversa, unas estrellas, se fusionan en una sola imagen que va más allá de la mirada casual del espectador.
Seguramente, el problema del tiempo es uno de los componentes más importantes dentro de su obra. Cuando Silva responde por la insistencia de los volcanes en sus pinturas, sale a relucir el tiempo geológico; cuando se le pregunta por los astros, nos habla acerca del tiempo del cosmos; cuando nos acercamos al ejercicio pictórico, habla de la espera y de todas las capas que solicita cada una de estas telas, que siempre verá como inacabadas. No es un tiempo lineal, es un tiempo que se va desajustando a medida que vamos recorriendo el espacio de exposiciones, y que transversalmente nos va señalando cuán pequeños somos ante la naturaleza. Es así como sus pinturas, que parecen inmóviles y juguetonas, empiezan a devenir desestabilizadoras y vertiginosas. Nosotros vivimos en un mundo que valora cada vez con mayor fuerza el día a día, y Silva nos devuelve de una manera poética y angustiante una pregunta sobre el ser humano y el mundo cósmico que habita. Hace con el espectador lo mismo que hace con el pino: nos pone a girar para quedar con los pies apuntando al cielo, y en silencio, porque sus pinturas y sus objetos son tan eternos como silenciosos, nos señala que el tiempo es tan caprichoso, exigente e inacabado como las leyes de la naturaleza o las construcciones míticas. Por ello, puede uno observar con extrañeza cómo las semillas de árboles gigantes y prehistóricos como las secuoyas necesitan el calor de la quema de sus “padres” para poder reventar y nacer. Después de cientos de años creciendo, la única supervivencia posible es quemándose para lograr que sus semillas germinen. No todos somos conscientes ni tenemos el tiempo para analizar estos cientos de años. Para Silva esto hace parte de la necesidad imperante de seguir asistiendo a su taller y de ver que los mitos, el espacio, la naturaleza, son sus acompañantes permanentes y salen a relucir entre las capas y capas de pintura que cada tela lleva consigo.
ANDRÉS GAITÁN TOBAR