Su trabajo, dominado por la magnitud de la desnudez, insistía en la pintura figurativa a través del gesto apasionado. Para Caballero, el momento reflexivo sobre la anatomía era de gozo y deseo, estudiaba la pose, acariciaba los ángulos, en una perpetua exploración para crear una imagen sagrada. La ambigüedad exaltada en su obra conmueve y confronta al público todo el tiempo, llevándolo de la mano a entender ese estado de gracia único en el que Caballero creó su obra.
TEXTOS
Luis Caballero fue un alumno silencioso y devorado por la timidez; tironeado entre la herencia de una familia de filósofos ironistas y por su propia errática fragilidad personal. Era preciso que descubriera el erotismo como camino y meta; como la forma ambigua que más convenía a sus dolorosas indecisiones, espoleadas, además por un enorme talento. En 1968 Caballero pinta el políptico La Cámara del Amor, para la Bienal de Coltejer, siendo este el evento de las artes plásticas más importante en Latinoamérica para ese entonces. Caballero buscaba crear un espacio donde el público se adentrara en la obra y fuera tocado. Las figuras de Caballero reflejaban una necesidad de unión y desgarro, que se contraponía a las corrientes de abstracción que se daban por esa época. En 1966 realiza su primera exposición en París y en 1968 se radica allí, lugar donde establece su estudio.
En los años setenta ya en París, sus figuras fueron adquiriendo gradualmente el detalle anatómico que había estado ausente en sus pinturas anteriores concentrándose en el desnudo masculino. Su obra para ese momento, reflejaba las influencias del trabajo de artistas como Francis Bacon, William Kooning y Jean Dubuffet donde usaba la reiteración de la figura, el sentido de lo erótico y la paleta del pop art. Las pinturas adquirieron resonancias del arte religioso español del siglo XVI y de sus homólogos de la Colonia, el cual enlutó y negó el placer para propagar el sufrimiento por medio del cuerpo, y esto se vuelve un vocabulario en el que Caballero encontró la fascinación por el erotismo y el manierismo, como si fuera, no un artista contemporáneo, sino uno del siglo XVI. Esta vuelta hacia los grandes maestros convirtió a Caballero en uno de los primeros postmodernos reconocibles, un precursor del movimiento que abarcaría la escena artística de los ochenta y que se contraponía a las corrientes de abstracción que se daban por esa época. La exageración en la confrontación y la relación entre los cuerpos se convirtió en el escenario donde la obra de Caballero se construyó.
En los años ochenta Caballero consolida el lenguaje en el que se desarrolla su obra. La pintura se convierte en la creación de una imagen sagrada, donde la temática de la violencia y religión se establecen como ejes de referencia, así como el dolor y el placer se contraponen continuamente como una fascinación que lo perseguía desde niño, y se desahoga en el poder del trazo. A comienzos de los años noventa, antes de enfermar en 1992, predominó el trabajo en óleo donde la mancha, enmarca los volúmenes, y la capacidad técnica había llegado a su máximo esplendor antes de su prematura muerte en 1995.
Hay que intentar hacer “el gran arte”. Una gran obra. En general, el arte contemporáneo peca por falta de ambición.
En plástica, hacer una obra es crear una imagen necesaria. Lo demás es decoración. En mi caso, esa “imagen necesaria” que busco ha sido siempre la misma. No el mismo cuadro, sino la misma imagen: la belleza del cuerpo del hombre, la tensión entre los cuerpos, su relación de deseo o de rechazo, su necesidad de unión. He intentado hacerla de muchas maneras -realista, expresionista, formalista-, perdióndeme cuando olvidaba que esas maneras eran sólo caminos. Esta vez intento una vez más crear esa imagen necesaria. Intento hacerla real, y más aún, sagrada.
Un cuadro en el cual “quepa” físicamente todo lo que siempre he pintado: el hombre solo, vivo, muerto, sufriendo, amando, a la vez bello y terrible, y en su relación con otros hombres, de deseo, o de compasión; y también, mis sentimientos: adoración ante la belleza y la fuerza, y ante la fuerza caída.
El dibujo permite ser menos realista y a la vez más real, más directo y a la vez más simbólico (porque el dibujo ya es en sí una abstracción). Me permite mostrar sin relatar, evitando que la escena pintada sea simplemente anecdótica. No se trata de representar la idea, o la imagen, sino de convertirla en una realidad pictórica. Eso es lo que intento: Gran Arte. Pero decía Matisse: Si quieres ser pintor, empieza por cortarte la lengua.
Texto de Luis CABALLERO en el catálogo para la exposición de la Casa de las Américas, Madrid, 1994)
La vida hay que cuestionarla permanentemente e imaginar que el azar nos maneja es un engaño Conocí a Luis Caballero y he expuesto sus obras muchas veces pero en el primer momento no me di cuenta de la importancia que había tenido mi encuentro con él. Caballero rompió con las distintas tendencias que yo había mostrado Tengo que ser honesto al aceptar, sin negar su calidad o su importancia, como se quiera entender, que yo no me reconocía en las obras de otros artistas que había expuesto, mejor dicho: no me había asumido en lo que creo y creo que se confunde, que es el oficio y la vocación. La primera vez que vi las obras de Luis, en 1975, me gusto la fuerza de su dibujo y su oficio, en el sentido más noble y menos académico -no hay que olvidar que todo lo nuevo es una burla. Pero más allá de esto y sin que se trate de una proeza, pues lo que se ve a es una gran destreza- Luis, en su dibujo, busca la ultima tesion. Y la tensión de los cuerpos de Caballero pasa por esta tension del dibujo y de la pintura. A medida que pasan los arios las ideas y los hechos adquieren peso, y sin que en ningun momento me haya distraido de Caballero, me encuentro en un momento crucial de mi vida en que su obra se me revela en todo su esplendor Ahora veo que Luis estaba mas alla que yo en aquello que la vida le puede dar, en cuanto al amor verdadero o a la desesperacion La tension que yo evocaba es la del alma en uno de esos momentos escasos en que se toma conciencia de un amor invasor que al perderlo, se vuelve una herida irreparable. Los cuerpos que uno ve somos usted y yo pero engrandecidos, cuerpos caidos en el extasis cuando la vida es tan fuerte y tan próxima a la muerte, en un solso impulso, deseado. Luego del extasis viene el abandono, los musculos se relajan pero el corazón aun palpita en el pecho abierto, la cabeza inclinada, los ojos cerrados, la boca abierta distendida por el prolongado abrazo. Pero na hay que confundir las cosas. Ese desmadejamiento no durará mucho dado el dolor tremendo de que el otro se haya ido. Entonces las manos se extienden, de que el otro se haya ido. Entonces las manos se extienden las mismas u otras, para calmar, o acariciar. Brazos más fuertes recogen esos cuerpos dolientes. Y Caballero, ante un sufrimiento no equiparable, me da una lección de supervivencia, me enseña los lazos de la amistad, el calor del amor perdido y reencontrado.