El dibujo como una acción es planteado repetidamente en la obra de Manuel Calderón, quien a través de complejos y monótonos procesos da cuenta del tiempo y el espacio en el que se desarrolla la vida del hombre contemporáneo. Monotonía, Constricción, Limitación, Rutina, Frecuencia, Horario, Habitar, Repetición, orden y caos son términos que hacen parte de un tramado tan fino como simple de conceptos sobre los que se desplaza el trabajo del artista.
La fotografía y el vídeo son recursos importantes en su producción, al igual que sus lápices y borradores. Continuamente realiza composiciones fotográficas apropiándose de la luz para señalar posturas, gestos, texturas y acciones de un cuerpo que después reproducirá con fidelidad en un gesto intenso mediado por su propio cuerpo.
TEXTOS
Es un dibujante, un artista que mantiene latente el entendimiento del dibujo en su sentido clásico, pero desde esa misma latencia busca cómo pervertirlo. Calderón es un observador obsesivo, un estudioso de lo visual y de sus múltiples formas de representación, utiliza siempre elementos académicos y ancestrales como son: el lápiz, carboncillo, pastel o tinta, siempre sobre papel. Por mucho tiempo el artista ha indagado en el lenguaje del fotorealismo asombrado por el aspecto verosímil e ilusorio de estas imágenes. También su propio cuerpo en algunos casos resulta ser el instrumento de referencia que le permite penetrar lo íntimo del individuo. Sus autorretratos logran contener un pensamiento universal sobre asuntos del arte y del hombre en su relación con el mundo. Su espacio de reflexión es el hacer mismo, el acto de dibujar y crear durante tiempos ilimitados donde tienen origen sus hallazgos. No hace bocetos porque las ideas se planifican en su mente. La tensión entre la imagen quieta y la imagen en movimiento lo excitan y lo conducen a bordear los límites del lenguaje fotográfico y audiovisual donde los principios del dibujo son fundamentales y propulsores de ideas que se materializan en montajes donde confluyen medios indistintos.
La fuerza de sus proyectos está concentrada en el entendimiento de variantes que cuestiona desde la experiencia cotidiana: el espacio, el límite, el tiempo, la línea, el infinito, el ritmo, la repetición, la comprensión y la conexion que mantiene el ser humano con los espacios físicos y abstractos. A través de la obra de Manuel Calderón el espectador se enfrenta a la mutación del dibujo como lenguaje plástico, es el artista quien construye sin pretensiones obras cuya estética pone en juego los alcances de la línea como concepto y para su propósito remueve los principios básicos de la perspectiva a través de experimentaciones de diverso orden.
Por: Erika Martínez Cuervo
La obra contenidos nos muestra una serie de retratos, personajes desconocidos parecen asomarse por una pequeña ventana y desde allí nos observan en un acto de contemplación absoluta.
Son dibujos, construidos meticulosamente por el artista. Con detenimiento ha recorrido milímetro a milímetro los detalles y texturas de los rostros para después desplazarlos a la superficie con exactitud; sin embargo, su interés es siempre transgredir este medio, desplazar al dibujo de su campo bidimensional, para aliarlo con el tiempo y el espacio. En esta ocasión, el papel más que un soporte, es un límite, es la propuesta de un lugar. Nos hace imaginar que tras esta hoja, tras este marco, permanece inmóvil el cuerpo entero de quien nos mira fijamente, atrapado o contenido en el lugar del dibujo.
La imagen, con un claro referente fotográfico, es acompañada por un vídeo. En un encuadre idéntico, el mismo rostro, ahora dotado de movimiento, continúa su observación constante hacia el espectador y su estancia en el espacio se hace evidente por la respiración que lentamente desdibuja su imagen al empañar el vidrio que le enmarca.
Así como la superficie se convirtió en espacio, el video ahora es superficie. En un desarrollo constante el artista se desplaza con sus dibujos sobre límites poco definidos, fácilmente va de lo digital a lo análogo, de la fotografía al dibujo y de este al vídeo, siempre sugiriendo espacios capaces de producir sensaciones en un cuerpo que les habita.
Trazos de tinta negra dibujan con precisión una cuadrícula sobre una superficie de papel; no es muy grande, diez centímetros por diez centímetros. Con un corte muy delicado se levanta de ella la figura de un hombre que es delineada por unos trazos similares. Ahora, esta retícula representa una superficie, un piso ajedrezado que podría ser el suelo de un lugar o de una vivienda, o mejor aún, de una habitación. Un pequeño recinto donde el hombre de líneas negras parece caminar, pues esta figura sugiere un movimiento. Este pequeño dibujo, es el primer cuadro para una animación, el primer paso del desarrollo de un proyecto que se vale del dibujo, la instalación, la fotografía y el video para tratar de entender el origen o la profundidad de un par de conceptos que he abordado con insistencia en el transcurso de mis proyectos. Limite e infinito, palabras aparentemente sencillas, profundamente complejas en mi observación, términos que en su obviedad y oposición develan para mí una cantidad de interrogantes que son el motivo de mi investigación, de mi obsesivo accionar, alienantes de la curiosidad que me lleva a complejizar la levedad y sutileza del dibujo en su naturaleza bidimensional para convertirlo en espacio y en tiempo, para atribuirle sensaciones y concepciones que experimento en la rutinaria relación de mi cuerpo con el mundo, en mi percepción subjetiva que asumo directamente relacionada con la de cualquier individuo. Al lado de este, aparecen 35 dibujos más con una construcción idéntica, una cuadricula que soporta a un personaje. Aparentemente es la misma imagen, sin embargo, se observa una pequeña variación en el gesto y posición de cada figura, de esta manera cuadro tras cuadro se evidencia una acción. Condicionado aparentemente por los límites de la pequeña cuadrícula, el personaje se desplaza sobre este espacio haciendo un recorrido circular que retorna al punto exacto de partida. Este primer gesto, es un primer recorrido, una escena básica que podrá ser repetida sin término. El personaje soy yo, es mi cuerpo, nuevamente como en otros proyectos, lo utilizo como evidencia. Es el que construye y dibuja a través de gestos de largo aliento, pero también, es una herramienta que describe y da cuenta de su relación con el espacio, una relación que hace presente un condicionamiento. Esta colmado de sensaciones provenientes del habitar, de recuerdos de lugares en los que me he desplazado rutinariamente, sobre los cuales he construido mi vida y que han dejado en este, mi cuerpo, un rastro visible, así como en mi comportamiento. Todos estos lugares, sin excepción, están definidos por la geometría, han sido pensados por un hombre para otros hombres. Planeación que sucede generalmente primada por la razón de lo práctico o económico dejando a un lado las necesidades más básicas en el habitar, en palabras de Heidegger, “habitar en un sentido más amplio significa construir, cuidar, permanecer en paz” 1, en este sentido, son los primeros límites que condicionan el sujeto ya que este no ha de construir según su criterio, por el contrario asumirá las constricciones impuestas por habitar contemporáneo. Sin embargo he de reconocer que la planeación a partir del modulo geométrico es eficiente a la hora de establecer y crear orden, no obstante son restricciones que crean disconformidad en el libre desarrollo. Si bien el personaje soy yo, podría ser cualquier persona, un individuo; y el recorrido puede ser cualquier acción cíclica, la rutina. Todo sucede en un espacio, un lugar esquematizado. Este suelo es delimitado por la geometría, la forma humana de asir el espacio. Así pues, es el espacio humano. André Leroi-Gourhan, especialista en arte rupestre, señalaba que “el hecho humano por excelencia no es quizá́ tanto la creación de herramientas, sino la domesticación del tiempo y el espacio, es decir, la creación de un tiempo y un espacio humanos.” 2
La animación, en su manera más primaria (sucesión de cierto número de imágenes fijas suficientes para engañar al ojo y que este lo perciba como movimiento) es un recurso frecuente en el desarrollo de mi trabajo. Así como un artificio óptico, es también un artificio que utilizo para hablar del tiempo. Con ella, esta pequeña escena sugerida por los dibujos se convierte en una acción, este personaje ahora camina en un fluido recorrido que podría repetir sin fin gracias al ordenador. Una acción cíclica, es el primer lugar en la aprehensión de un tiempo infinito, así como la rutina es producto del accionar inevitable según un tiempo cósmico definido por los astros, hemos de observar los horarios que ha creado el hombre para su accionar, siendo esta una construcción geométrica. Como en la representación grafica del infinito Con la construcción del modulo, dibujo tras dibujo se ubican en un mismo plano los 36 cuadros que crearon una escena, ahora diez escenas más, diez acciones más del mismo cuerpo complejizan la escena animada y así mismo multiplican la cuantía de dibujos. Como engranajes de un mismo mecanismo, se entrelazan con precisión, y aunque están dispuestos sin un orden evidente, la repetición encuentra un gran número de coincidencias. Así, tanto en la animación como en el montaje de los dibujos, son evidentes los patrones que repiten sin cesar estas, al parecer, mentes mecánicas. Mecánicamente es la paradoja en la que un personaje pierde su unicidad después de la repetición infinita. Un recorrido que podría no llegar a un término nos enseña personajes idénticos no cuantificados que se desplazan en movimientos cíclicos fácilmente predecibles, una ridiculización de lo que puede ser entendido como generalización, estandarización u organización del comportamiento de un individuo dentro de un grupo numeroso. Mecánicamente parece ser un sistema exacto y definido, donde no hay lugar para lo orgánico. El límite ha sido alcanzado y la razón ha ocupado lo natural para siempre.
- Heidegger, Martin. Construir, habitar, pensar.
- André Leroi-Gourhan. El gesto y la palabra. Publicaciones de la Universidad Central de Venezuela, Caracas. (1980)